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La promesa bajo la luna

En el año del Señor de 1298, cuando los caminos estaban llenos de mercaderes, trovadores y caballeros, se alzaba sobre una colina el castillo de Valdehierro.

Allí vivía Doña Elvira, hija del señor del castillo, una joven de ojos verdes y carácter decidido. Su padre había prometido su mano al hijo de un poderoso noble vecino para sellar una alianza entre ambos señoríos.

Pero Elvira guardaba un secreto.

Cada noche, cuando la luna iluminaba las almenas, bajaba hasta el antiguo molino junto al río. Allí la esperaba Gonzalo, un joven escudero que había llegado al castillo años atrás.

Gonzalo no poseía tierras, ni título, ni riquezas.

Solo tenía su espada, su caballo y un corazón que pertenecía a Elvira.

—Algún día —le decía él— conseguiré un nombre digno de vos.

Elvira sonreía.

—No necesito un nombre, Gonzalo. Te necesito a ti.

Pero una noche, el secreto fue descubierto.

El padre de Elvira encontró una cinta roja que ella había dejado caer junto al molino. Reconoció inmediatamente el bordado que había mandado hacer para su hija.

Al día siguiente, Gonzalo fue expulsado del castillo.

—No volverás jamás —ordenó el señor de Valdehierro—. Y si vuelves, serás tratado como traidor.

Gonzalo partió aquella misma tarde.

Antes de marcharse, consiguió encontrarse con Elvira por última vez.

—Esperadme —le pidió—. No sé cuánto tardaré, pero regresaré.

Ella le entregó un pequeño medallón de plata.

—Mientras lo lleves contigo, sabrás que mi corazón también viaja a tu lado.

Pasaron tres años.

Gonzalo se convirtió en caballero después de combatir en varias campañas. Mientras tanto, Elvira seguía viviendo en el castillo, esperando un matrimonio que nunca deseó.

Hasta que llegó la noticia de que su padre había fijado definitivamente la fecha de la boda.

Sería dentro de siete días.

Aquella noche, Elvira escapó por una puerta secreta del castillo y cabalgó hasta la vieja torre del camino.

Allí encontró a Gonzalo.

Había regresado.

—Has tardado mucho —dijo ella, con lágrimas en los ojos.

—Tenía que volver siendo digno de vos.

Gonzalo abrió la mano y mostró el medallón de plata.

—Nunca me separé de él.

Pero no tuvieron tiempo para más.

Los hombres del señor de Valdehierro habían descubierto la huida y se acercaban por el camino.

Gonzalo tomó la mano de Elvira.

—Si venimos a separarnos, será luchando juntos.

Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo inesperado.

El padre de Elvira llegó hasta la torre y encontró a su hija junto al hombre al que había desterrado.

Gonzalo se arrodilló.

—Mi señor, no tengo grandes tierras ni riquezas. Pero puedo prometeros algo: amaré a vuestra hija y protegeré su honor mientras viva.

El señor guardó silencio.

Miró a su hija.

Y vio en sus ojos algo que ninguna alianza política podía comprar.

Después miró al joven caballero.

—¿Y si te ordeno que te marches?

Gonzalo bajó la cabeza.

—Me marcharé.

—¿Y si te ordeno que la olvides?

Por primera vez, Gonzalo levantó la mirada.

—Eso, mi señor, no puedo obedecerlo.

El anciano permaneció en silencio durante largo rato.

Finalmente, sonrió.

—Entonces quizá seas realmente digno de ella.

Una semana después, las campanas de Valdehierro repicaron durante horas.

No hubo una boda entre dos señoríos.

Hubo algo mucho más raro en aquellos tiempos:

una boda por amor.

Dicen que, muchos años después, los viajeros que pasaban junto al viejo molino podían ver dos figuras sentadas bajo un gran roble.

Él llevaba una espada a su cintura.

Ella, un medallón de plata al cuello.

Y cuando la luna llena iluminaba el río, todavía podía escucharse una vieja canción de trovador:

“Ni castillo, ni corona,
ni riquezas ni poder.
Cuando dos corazones se encuentran,
ningún señor los puede vencer.”

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